Pieza de culto

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(Pieza de culto, collage. ©Begoña Cerro Prada, 2016)

“Una lozana presencia avanza hacia sus raíces y obtiene el día
Como un corazón que ocupa ya su puesto
Como una mujer que siente ya su juventud
Y regala abriendo los mundos de sus ojos un placer inagotable

Rubia mañana, del sol recompensa y del Amor.”

(Odysseas Elytis, de “Las clepsidras de lo desconocido”, en Orientaciones)

Un post de propina

P1080196(©de la fotografía: Begoña Cerro Prada, “Cápsula de latidos en suspensión”, 2013)

“Me hago reír, porque mis distintos son público”

(Carlos Marzal, “La arquitectura del aire”) 

Estaba yo puliendo y dando esplendor – antes de lanzarlo “a las ondas” – a “Su manera de estar solo“, el post que publiqué a primera hora de la tarde de ayer en este mi espacio de expansión, cuando saltó en la pantalla una notificación de mi cuenta de correo. “Tienes un email” (como decía aquella película de hace años). Me avisaba de la llegada de un mensaje, remitido por la plataforma que alberga este blog, cuyo asunto era “Su blog en 2014“.

Un jarro de agua fría en el momento más inoportuno.

Porque, en pleno regocijo por mi perspectiva inminente de volver a publicar tras largos meses de bloqueo (una de esas “épocas de sequía”, que Carlos Marzal, con la sabiduría del hacedor de aforismos, considera siempre “depurativas”), me encontraba, de repente y sin quererlo, en el tiempo de descuento, expulsada del partido.

Hemos estado muy ocupados armando un informe personalizado que detalla cómo tu blog llevó a cabo (sic) en el 2014!”. ¡Los pobres…!

No me dejé enternecer por esa confesión de eficacia profesional y seguí a lo mío, sin abrir el enlace al “informe personalizado”. Algo parecido a lo que había hecho hace un par de días con aquello de “El año de Begoña en Facebook“, que nunca quise revisar ni compartir, y que se me apareció – literalmente- cuando menos me lo esperaba y sin haberlo pedido. Y esta vez, lo confieso, me apliqué al ninguneo con la malévola intención de descolocar (cosa que me encanta). Pues debo reconocer, en efecto, que lo que peor me sentó del mensaje no fue esa fingida candidez con que se personaba en mi bandeja de entrada, sino lo que  su aparición implica: que le han hecho la eutanasia a 2014 con perversa fruición, dando cerrojazo anticipado – y robándole sus mejores horitas crepusculares- al pobre año envejecido, no vaya a ser que el año nuevo les pille en el despacho “muy ocupados armando informes personalizados”. Parecen funcionarios (con perdón).

Así que, mi reciente vuelta al espacio virtual resulta ya extemporánea, fuera de toda estadística y de todo pronóstico, y se sumerge en una especie de agujero negro (tan de moda ahora) del que no sé cómo saldrá, si es que sale.

Mientras tanto, y en esas horas ya para siempre perdidas a los efectos del famoso informe, he revitalizado mi actividad bloguera, he ido a clase de Pilates y a clase de música, he hecho la compra de la semana y el postre para la cena de esta noche, y he deshecho – móvil en mano- un espinoso entuerto profesional (¡y eso que estoy de vacaciones!).

Y también, por supuesto, he leído el “informe personalizado”, que comienza así: “Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.100 veces (sic) en 2014. Si el blog fue (otro sic) un teleférico, se necesitarían alrededor de 18 viajes para llevar tantas personas.”

Al margen del macarrónico castellano en que se expresa, y al margen también de las pingües cifras de balance (mea culpa, supongo) con que se abre el informe, resulta encantadora esa metáfora inicial del teleférico, pensada sin duda para que no decaiga mi ánimo y pueda visualizar con una imagen compacta, en modo-rebaño, a los visitantes del blog, para que así parezcan más. Teniendo en cuenta que probablemente esos “mil cien hijos de San Luis” (¿lo pillas?) son muchos menos, y que bastantes de ellos son commuters o frequent flyers que viajan con frecuencia en este teleférico, la cosa ya se ve de otro color (¡es que la fidelidad a la marca también cotiza!). Otro tema apasionante es el de la información complementaria sobre los viajeros, que el informe desgrana con orden y precisión. A destacar ese item que dice “¿De dónde vinieron”?, y que me indica, sobre un mapamundi, que algunos de los avistadores vinieron de ultramar, de las repúblicas americanas, lo cual tiene enorme mérito si lo hicieron a bordo del teleférico.

En fin, que llegados a este punto, tiré de mi fondo de armario fotográfico y encontré la maravillosa fotografía que encabeza este post, y que yo tenía – para mis adentros – calificada, a su vez, de metáfora insospechada de una bola de Navidad de nuevo cuño colgando del árbol. Ya sé que no es un teleférico de San Francisco, pero este otro es muy gallardo y tiene más donaire.

A ver si en 2015, en las horas que me roben, puedo poner una foto de un vagón de cercanías, en el que cabe más gente.

Gracias por viajar conmigo.

Su manera de estar solo

Abuelo_recortada_bn(Fotografía del archivo familiar. Mi padre, en Puerto Chico, Santander. Verano de 1986)

“Libertad en la acuarela.
Expresión del sentimiento ante lo que se quiere pintar.
Estudio de las sombras para potenciar la luz del momento.
Simplificación del detalle para potenciar la esencia.”

(Del cartel de un curso organizado por la Asociación de Acuarelistas de Andalucía)

 

No lleva cuenta de las horas que pasa cada día inclinado sobre el atril, pintando. Son sus horas preferidas, y sin las cuales ya no sabe irse a dormir por las noches. Siempre encuentra algún motivo que pintar. Ese paisaje de la sierra de Madrid, fotografiado una y otra vez desde hace años. Las calles y rincones de Las Herencias, el pueblo de sus padres. La ribera del Tajo, a su paso por tierras talaveranas. Un atardecer austral publicado en una revista de viajes. O un sencillo castaño que se propone como ejercicio en un cuaderno de autoaprendizaje de técnicas de pintura. “¿Has visto, qué maravilla de paisaje he encontrado en la web? Ese pueblo, las luces y sombras en los tejados… Los colores del campo en primer plano… y ese cielo de tormenta, lleno de nubes, ¿has visto?… ¡Lo voy a pintar!”.

Tras la intención, viene la dedicación casi religiosa, la consagración del tiempo de su vida de ahora a este nuevo oficio por el que siente devoción. Como un artesano, se aplica primero al dibujo, meticuloso y preciso; después, a la pincelada cuidadosa y prudente. Hasta conseguir que el papel en blanco revele, poco a poco, ese paisaje que se parece al de la foto, sí, pero que tiene también mucho de su imaginario personal.

A veces pienso que siempre pinta el mismo cuadro.

Su actividad es, yo diría, pura búsqueda. Ningún boceto le satisface. Trata permanentemente de encontrar la piedra filosofal de la acuarela, ese estilo al que quiere tender y al que nunca llega. “Libertad en la acuarela”, como dice esa especie de manifiesto del perfecto acuarelista que ha colgado en la pared de su estudio. “¿Has visto esta pintura que acabo de terminar? No ha quedado mal, ¿verdad? Es un boceto, un ejercicio; pero lo que quiero es lograr ese estilo… ya sabes, el del profesor del que te hablé, en el que apenas hay dibujo, y con cuatro pinceladas consigue esos efectos…” Y sigue, incansablemente, buscando ese estilo en su siguiente boceto.

De vez en cuando escucha la radio mientras pinta; en ocasiones, con unos auriculares enormes que le instalan en un extraño limbo de realidad y de ficción al mismo tiempo. “¡Trincones, corruptos, sinvergüenzas…!, se le oye desahogarse por lo bajinis, ajeno por completo al timbre del teléfono que suena de repente. Las noticias, las tertulias, los personajes de la actualidad… pequeños venenos que la pintura, por fortuna, desactiva.

Por las tardes, en las horas que anteceden a la noche, se presentan los fantasmas. No sé si los convoca o si se presentan solos, pero hay que reconocer que algo de compañía le hacen. La vida vivida desfila por su memoria, y ellos acuden para dar cuerpo a los recuerdos, o para conminar con insistencia a atar los cabos pendientes. Le vienen a la cabeza imágenes y episodios de su infancia que le dejaron huella, y siente necesidad de compartirlos. “Tengo muchos recuerdos, y los veo con mucha viveza… los voy a grabar. ¿te parece?”; y ahí andamos, entre una minigrabadora -cuyas minicintas vírgenes no aparecen por ningún rincón de la casa y que, por tanto, no se ha podido usar-  y la posibilidad, eternamente en proyecto, de hacerse con una aplicación de grabación digital de voz. Mientras tanto, y con tenacidad algo obsesiva, da vueltas y más vueltas a cómo resolver aquella herencia de los tíos, tan complicada, que le tiene atormentado porque ya sólo queda él, de tantos herederos como eran, para recomponer lo que desde hace décadas nadie se preocupó por documentar. “Yo quisiera arreglar eso, me voy a poner a reunir papeles, a hablar con todos los hijos de mis primos, y, no sé, con el notario del pueblo, o ya veré, porque eran las tierras de mi familia, y es una pena… Si lo arreglo, podría buscar alguna familia que quisiera trabajar las tierras y quedarse con las cosechas, por ejemplo… Lo voy a hacer.”

Pero entonces llega la noche, y es momento de contemplar el cielo. “De verdad, es una maravilla, ver las estrellas… Y esta noche seguro que se ven muy bien, no hay luna ni nubes, va a ser una delicia…”.  Con sus prismáticos en ristre sale al balcón y busca las Pléyades por encima de las antenas de la casa de enfrente, y se encuentra también con Venus, que brilla tanto… Y disfruta de esa inmensidad plagada de partículas de luz, que le lleva tan lejos…

Y, como el niño que era cuando jugaba en el descampado que había frente a su casa, en su infancia de posguerra, y le decía a su amigo “Pablito, ¡qué  bonita es la Tierra!“, ya puede dormir tranquilo para seguir buscando la libertad en la acuarela. El cielo es grande y la tierra ancha.

A mi padre, que acaba de cumplir ochenta espléndidos años.

La hora del fútbol y la Fortuna con seso.

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(©Begoña Cerro, “En el reino de Apolo. Jardín de la Isla, Aranjuez”, 2014)

“¿Ventanicas para ver toros y cañas, mi vida? ¿Qué más toros y cañas que vernos a ti pedir y a mí negar? ¿Qué piensas que se saca de una fiesta destas? Cansancio y modorra y falta de dinero al que paga los balcones. Dala al diablo, que es fiesta de gentiles, y todo es ver morir hombres que son como bestias, y bestias que son como maridos. Yo, por mí, bien te alquilara dos altos, mas mi dinero es el diablo. Quítate de ruidos y haz cuenta que los has visto, y verás qué tarde que nos papamos, tú sin ventana y yo con dineros.”

(Francisco de Quevedo, “Cartas del caballero de la Tenaza”)

La hora del fútbol y la Fortuna con seso. (O cómo tratar de escapar del fútbol sin conseguirlo).

En sabiendo que colchoneros y merengues -palabras de los tiempos de la pesetas- se disputaban sin piedad, en tierra lusitana, una copa orejuda, determiné, con inusitado propósito, huir del frenesí futbolero que se avecinaba, poniendo distancia entre la ciudad desquiciada y yo misma. Dispuesta a buscar asilo temporal en el reino de Apolo, me conjuré con mis cómplices habituales para desertar por una tarde de la comodidad del sillón, para hacer pacto de silencio sobre la competición deportiva y para ser, así, prófugos de la histeria colectiva, emprendiendo singular aventura para escuchar las armonías de Boccherini en la ciudad regia de Aranjuez, sosegada villa a orillas del Tajo, rica en jardines y en atardeceres áureos.

Quinteto en fuga.

Dímonos cita en un andén de la estación ferroviaria, en la tranquila y silenciosa hora de la siesta, y nos saludamos jubilosos, cumplimentando parabienes, besamanos y galantes requiebros acordes a la ocasión que nos convocaba. Aposentámonos en los asientos del tren, en fila de a cinco. En animada cháchara sobre los comicios europeos del día siguiente y sobre otros asuntos de capital importancia, como la espalda de María de Hungría o la manicura de la Preysler, transcurrió la hora escasa que duró el trayecto. La estación de Aranjuez hallábase presa de la efervescencia de hinchas madridistas que, en el arrebatado frenesí de las vulgaridades rústicas que acompañan a estas juergas, asaltaron el tren en tropel, apenas hubimos descendido, deseosos de ir a la capital a participar del histórico happening.

Sones dieciochescos en Palacio.

Un paseíllo a trote ligero hacia Palacio, por senda polvorienta y llena de matojos, y con nuestra querida Atalanta triscando sobre sus tacones, nos condujo al fin a la soberbia vista de la explanada – desierta como jamás lo estuvo – donde Aranjuez hace gala de su esplendor. En la capilla de Palacio se esperaba con expectación el concierto que había de iniciarse en pocos minutos, a hora intempestiva y desacostumbrada, por fuer de la tiranía de la guerra por las audiencias.

Ya sólo cabían los cinco alfileres que llegamos a tiempo para ocupar el último banco. Concierto de muchos, consuelo de frikis. Al compás de la música dieciochesca, y mientras la vista se perdía entre molduras, cornucopias, lámparas de bronce e imágenes de devoción, y los oídos se regocijaban con las melodías cortesanas, uno de nosotros filosofaba por lo bajinis sobre el trabajo anónimo de tanto artesano que decoró la capilla y sobre lo injusta que es, por eso, la vida. Aferrada a mi partitura del Gloria de Vivaldi – mi “animal de compañía” de la jornada; pues, al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo va a tener uno cinco minutos libres que aprovechar-, me complacía en la música y en la ocasión, como irredenta y militante antigregaria de pro.

Los figurantes del Jardín de la Isla.

La tarde aún derrochaba luz y frescor, y bajo la sombra y la fragancia de los tilos del Jardín de la Isla, por una vez libre de gentes ociosas y de turistas curiosos, nos admirábamos de los inevitables cortejos de bodas y comuniones, producto por excelencia de las tardecitas de mayo. Novias, madrinas, madres de las novias, empalagando con inverosímiles atuendos de gasas y tules, con piernas regordetas asomando por aberturas incongruentes, o con vergonzantes alpargatas sofocando, bajo las galas, la tortura causada por los “manolos”; niñas-princesas de boquitas pintadas y rizos de mírame y no me toques; novios con caras de corderito agnusdei.  Dos rotundas figuras en yihab y chilaba completaban, en contrapunto, el colorido catálogo de criaturas del bosque. A toque de silbato surgió de entre los setos el guarda del jardín, presto a pastorear a los paseantes hacia la salida con enérgica autoridad: señal inequívoca del inminente comienzo de la retransmisión del partido.

El fantasma del fútbol en la vereda del río.

Únicos clientes en la enorme terraza de un conocido local de la villa, junto a la orilla del río, conversábamos con ardor sobre la conveniencia o no de encargar la variedad vegetal “rosa Argenta”, cuando un clamor televisado nos recordó lo inevitable. Primer gol del partido. Gol del Atleti. “Eso es porque acabo de pasar yo por delante del televisor”, sentenció muy serio nuestro particular Petronio, obsequiándonos a continuación con una larga perorata sobre sus poderes extrasensoriales ya manifestados desde su más tierna infancia, cuando su sola presencia frente a la pantalla producía instantáneamente el milagro de un gol en el campo de juego.

Muy confortados por la explicación, y en el colmo del despiste, nos aplicábamos a comer las fresas con nata que, en cantidades industriales, nos había servido el camarero para hacer su agosto. Mientras tanto, y a nuestra misma altura en las aguas del río, un bateau-mouche con cinco bailonas y un maromo navegante destrozaba la paz de la tarde con ritmos discotequeros y atronadores, aprovechando – con la mayor alevosía – la deserción de las autoridades, sin duda ocupadas en no perder ripio de lo que sucedía en Lisboa.  ¡Ay, si Boccherini hubiera levantado la cabeza…!

El tiempo de descuento. El regreso.

La luz crepuscular de la tarde se apagaba poco a poco mientras corríamos a la estación para coger un tren de vuelta a Madrid. Asumiendo que el partido habría terminado cuando llegáramos a destino, maldecíamos nuestra suerte pensando en que irremediablemente, y pese a todos nuestros afanes y desvelos, habríamos de vernos inmersos en los atascos, griteríos y movimientos de masas que habíamos querido evitar. Repantingados en el vagón completamente vacío, y aun creyéndonos ajenos al estado mental general, no resistimos, sin embargo, la tentación de consultar el oráculo de la realidad inmediata en nuestros móviles. Quedaban cinco minutos de partido y el resultado seguía siendo de ventaja para el Atleti, gracias a su gol. “Cinco minutos pueden ser decisivos”, comentó, clarividente, nuestro querido Orfeo. Lo fueron. Decisivos, en efecto. Gol del Real Madrid. Enorme regocijo por nuestra parte: habría prórroga. Tiempo adicional para llegar sanos y salvos a casa.

A las once de la noche, la estación de Atocha era siniestro escenario del vacío y la penumbra en la que reinaban, amenazantes en su multitud, las tortugas del invernadero, peligrosamente multiplicadas en los últimos tiempos. El quinteto de Aranjuez, patos apresurados en direcciones divergentes, nos dispersamos rápidamente en diáspora, no sin antes congratularnos de habernos “papado”, sin localidad en estadio ni sillón ante la pantalla, una tarde de música y risas, y de haber salido indemnes – o eso creíamos- al tormento del monotema del día. Inocentes y cándidos, no contábamos con que, aun sin quererlo, sabríamos en el camino a casa y por el griterío que emanaba de balcones y locales, del resto de los goles que sentenciaron, en palabras de los ínclitos comentaristas deportivos, el partido del año.

Cansancio y modorra, cansancio y modorra, cansancio y modorra…

(Si la Fortuna hubiera convocado su Hora, dando a cada uno lo que se merece, los veintidós futbolistas se habrían jugado la copa a pares y nones en diez minutos y el resultado del partido se habría comunicado en el titular de las noticias al término de las demás secciones, los hinchas que iban hacia Madrid habrían visitado el Museo del Prado y el Jardín Botánico, el concierto habría sido con velas y a la hora en que la noche tiende su manto, los figurantes vestidos de gala serían personajes de un satírico retablo de las maravillas en el Jardín de la Isla, y las bailonas del bateau-mouche se habrían convertido en ocas patosas que compondrían el séquito del pavo-maromo, no precisamente real.)

A Leticia, Mercedes, Pablo y Augusto, en recuerdo de aquella memorable e imposible tarde del “domingo 22 de mayo” de 2014 – a decir de una excelsa prócer- en la que nos parecía estar viviendo una obra del teatro del absurdo.

A Grecia, que con firmeza pisa en el mar (I). Atenas.

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 (©Begoña Cerro, “Metáfora“, 2014)

“Todo se eclipsa menos vuestra gloria;
el bronce muere y se deshace el mármol (…)”

(Lord Byron, “Himno a Grecia“)

“De la justicia sol inteligible * y tú mirto que la gloria deparas
no, os suplico que no * olvidéis a mi tierra.”

(Odysseas Elytis, “Dignum est”)

 

Un día cualquiera de febrero. Impresiones.

Atenas amanece temprano, entre sonidos de claxon y bajo esa atmósfera gris blancuzca – pertinaz espuma de los tiempos modernos – que corteja a la ciudad y le presta un halo irreal de luz alba y cegadora. El tráfico y el bullicio se apoderan de las calles principales. Un grupo de escolares entrena en la pista del estadio Panatenaico y pone una nota de color y de juventud entre los mármoles severos de sus gradas. La plaza de Monastiraki hierve de gentes ociosas que se sientan al sol en las tabernas y hablan entre sí en voz muy alta; discuten, gesticulan, se toman tiempo para conversar, mientras otros muchos hacen corro en torno a un orador callejero, o regatean en las tiendas de las calles que van a dar a la plaza. Hay mucho ruido. El mercadillo de la calle Adrianou ya está instalado, desde primera hora, casi en la falda de la Acrópolis; sus puestos exhiben esas decrépitas “viejerías” que sobreviven a sus dueños como si de tesoros se tratase; apenas es posible encontrar algo que no sea una inutilidad, pero son restos de otras vidas que buscan una segunda oportunidad en manos nuevas. En el moderno centro de congresos, la apertura de una conferencia internacional se convierte en un campo de batalla entre algunos asistentes griegos y el ministro griego del ramo, ante los ojos atónitos de los delegados extranjeros, que apenas entienden una palabra pero perciben la tensión del momento y tratan de cazar al vuelo las octavillas escritas en inglés que les dan la clave de lo que está sucediendo. A esa misma hora, y en la avenida en la que se encuentra el Museo Nacional de Arqueología, hay una manifestación que ha obligado a desviar el tráfico, provocando un caos circulatorio importante.

Las mesas de las tabernas del barrio de Plaka y de los cafés de la calle Adrianou invitan a disfrutar del sol y de la cálida temperatura de las primeras horas de la tarde. Enseguida se llenan de gentes  que comparten la alegría de vivir. A estas alturas del año, todavía hay pocos turistas y el ambiente es auténticamente ateniense. Los encargados de los locales atienden a sus clientes con calma y con franca simpatía. Hay algo muy mediterráneo en todo ello. Como en las tiendas de Plaka, tiendas de brazos abiertos a la calle. Como en los quioscos amarillos que hay por toda la ciudad, en los que se puede comprar casi de todo, y ante los que siempre hay personas que discuten de política frente a los titulares de la prensa del día.

La caída de la tarde es privilegio de las colinas, que la ofrecen como un don a quien la sepa apreciar.  Frente a los Propíleos de la Acrópolis hay un parque silvestre lleno de jóvenes que pasan el rato con la ciudad a sus pies. Muy cerca se puede tomar un sendero que lleva a la colina de Filopapo, llamada Monte de las Musas en la antigüedad; es una colina muy frondosa, y aunque la leyenda dice que sus entrañas fueron prisión de Sócrates, la verdadera leyenda viva es el esplendor que regala a quien llega a su punto más alto: hacia un lado, la mirada se pierde por los barrios de Atenas y de Pireo hasta el tranquilo espejo del mar Egeo; hacia el lado contrario, la más bella vista de la Acrópolis es capaz de suspender el tiempo y la respiración.

En la plaza Sintagma, ya casi al anochecer, una pareja de jóvenes enamorados se hace fotografías ante la fuente que cambia de colores. A pocos pasos de allí, un grupo de feministas corea consignas con un megáfono ante la indiferencia de los transeúntes y de los agentes de Policía que no las pierden de vista. Algo más lejos, ante la embajada de los Estados Unidos, otro grupo de manifestantes grita sus exigencias bajo la vigilancia atenta de un puñado de policías. La noche ha sorprendido a la Big Band que lleva tocando animosamente desde hace horas en la plaza de la pequeña iglesia bizantina. En el moderno auditorio, comienza un concierto prometedor: un joven director de orquesta griego dirige a un conjunto vocal e instrumental ruso, con un repertorio de Haendel y Purcell.

Desde la terraza de mi hotel en Plaka, la Acrópolis iluminada parece una vela encendida en vigilia por su ciudad. Durante toda la noche. Hasta el amanecer.

Así sea, por los siglos de los siglos. Larga vida a Atenas.

“Hablé del amor de la salud de la rosa del rayo de sol
Que solo va directo al corazón
De Grecia que con firmeza pisa en el mar
De Grecia que me lleva siempre de viaje
A montañas desnudas gloriosas de nieve.”

(Odysseas Elytis, “El sol primero”)

 

(Mikis Theodorakis, “O Kaimos“)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Doña Emilia, on the road.

En el camino

(©Begoña Cerro, “En el camino”, 2014)

“(…) Nunca el tiempo ha viajado a esta tierra perdida,
la aulaga y el brezo florecen a destiempo.
Las rocas sobresalen, los arroyos corren cantando,
sin cuidar de si la estación se anticipa o retrasa,
los cielos vagan en lo alto, ora azules, ora de pizarra;
se conocería al invierno por su cortante nieve
si junio no tomara también su armadura. (…)”

(Robert Graves, “Acres rocosos”)

El camino, estrecho y serpenteante, había discurrido durante un par de kilómetros junto a la orilla del río, pero en determinado punto se separó de ella y dejó de seguir el curso de las aguas para desembocar, finalmente y al cabo de muchos vericuetos, en otro camino más ancho. Atrás quedaba el paraje fresco y frondoso, y el paisaje se abría ahora, de repente, a una llanura circundada por imponentes mesetas de roca bajo un deslumbrante sol de finales de invierno.

Tomamos el sendero hacia la izquierda, aun sin tener seguridad de que ésa fuera la decisión correcta para llegar a nuestro destino: un pueblo encantador que debe su fama a su puente romano de un solo ojo, monumental Polifemo que da a la villa su estampa más singular. El camino, recto y despojado, parecía llevar precisamente, si se tomaba hacia la izquierda, a un pequeño pueblo. No había nadie en los alrededores. La quietud del lugar casi sobrecogía. Como el propio paisaje, desprovisto de signos de actividad humana excepto por una antigua vía de tren, abandonada, que iba paralela al camino.

De pronto, a cierta distancia aún, distinguimos en el camino una figurita menuda y pizpireta que venía en nuestra dirección. Una mujer mayor, con andares ágiles, que no tardó en estar frente a nosotros. La saludamos con mucha amabilidad; ella nos respondió en un tono muy jovial y comenzó a hablar sin tregua, decidida a pasar un buen rato de animada conversación allí mismo, en medio de la nada.

Doña Emilia nos contó que tiene 93 años y es la hermana del cura. Del cura de su pueblo, se entiende. Aunque, en realidad, su hermano es el cura de varios pueblos de la comarca, todos ellos diminutos y casi despoblados, pero todos con su respectiva iglesia construída en época muy pretérita. Doña Emilia aparentaba menos edad. Por la viveza de sus ojos, por la gracia con la que hablaba, por el buen ritmo de su caminar, y sobre todo por las ganas enormes de entablar conversación y de conocer a quien le saliera al paso. Vestía un abrigo de paño tostado, algo prieto y bastante largo, bajo el que se veía un forro polar, casi deportivo, de color malva. Llevaba un bastón que le servía como extensión expresiva del brazo antes que como apoyo para andar. Su cabello, fuerte y encrespado, reclamaba un repaso del tinte castaño que lo cubría. Su rostro, muy risueño, y surcado por las muchas arrugas que los años de vida y los inviernos duros procuran, se animaba más y más mientras nos contaba que una vez, cuando era muy jovencita, había saludado al obispo. Nos contó dos veces seguidas el relato de su momento de gloria, y la anécdota de su vida parecía suceder de nuevo para ella. Porque se sentía escuchada con atención. Yo trataba de imaginar al obispo de sonrisa eclesiástica y su más que probable desconcierto ante aquella mujer parlanchina que ahora recreaba la escena con los aderezos que el tiempo y el olvido cuelgan de nuestros recuerdos.

Nos dijo que la cuidan sus vecinas, que también le preparan la comida y le arreglan la casa, aunque ella misma sigue haciendo la compra cuando alguien la lleva al pueblo de al lado, que tiene una tienda. Y nos hizo saber, entre risas, que hace alfombras y que, si la acompañábamos a su casa en ese mismo momento, nos enseñaría a hacer alfombras en diez minutos. Insistió mucho en esto último. En la ventaja de aprender a hacer nudos de alfombra en tan poco tiempo y bajo su guía. Y en la oferta de su hospitalidad.

Doña Emilia pasea todos los días por ese camino, que sale de su pueblo y llega hasta el otro pueblo cercano, el del puente romano. Probablemente, no siempre se cruza con alguien mientras pasea. O, quizá, suele coincidir con las mismas personas, con sus pocos y archiconocidos vecinos a los que, con seguridad, ya habrá contado sus sucedidos más de una vez, y más de dos.

Nos preguntó de dónde éramos. “De Madrid”, le respondimos. “¡Ay, qué guapos!”, nos dijo, mientras apretaba nuestras manos con la mayor naturalidad y con cierta sensación de orgullo.

Le contamos que queríamos visitar el pueblo del puente romano de un solo ojo. “¡Pues venga, vamos!”, comentó entusiasmada, mientras se cogía de nuestros brazos y se ponía en marcha con su mejor disposición.

Cruzamos entre nosotros una mirada cómplice. “Mire, es que llevamos cierta prisa, y como el pueblo todavía está lejos…” le dijimos. Nos despedimos de ella con un par de besos. No pude evitar volverme, al cabo de unos pasos; lo hago casi siempre, apenas sin darme cuenta, como si me gustara despedirme dos veces. Allí seguía Doña Emilia, en el camino, agitando su bastón y diciéndonos adiós.

Pienso que nuestra prisa debió de parecerle algo insólito. ¿Prisa? ¿Allí donde los siglos han moldeado con dureza el relieve, donde el invierno es largo y frío, y donde todavía se espera a que alguna vez pase ese tren que sólo lleva de ningún sitio a ninguna parte?

Allí, donde la hermana del cura sigue siendo la misma muchacha que, hace más de setenta años, saludó un día a un obispo y que, al cabo de toda una vida, debe de haber hecho muchísimas – quién sabe cuántas- alfombras de nudo.

Una novia de bolsillo. (A propósito de la película “Her”)

Una novia de bolsillo(©Begoña Cerro, “Samantha, o la novia de bolsillo”, Collage, 2014)

J.: “Te quiero.”
Siri: “No puedes.”
J.: “Te amo.”
Siri: “Qué amable, mi dios, pero no puede ser.”
J.: “¿Quieres casarte conmigo?”
Siri: “Últimamente mucha gente se me declara.”

(Inteligente diálogo de besugos, o “Calabazas virtuales”. Cortesía de J.)

 

La fábula del hombre solo y vuelto hacia sí mismo, enfermo de soledad acumulada, que re-crea una novia de bolsillo y recobra el entusiasmo por la vida. Ella – su asistente personal virtual, versión futurista e incorpórea de la secretaria-enfermera-amante-amiga de las películas de toda la vida (y de la vida de toda la vida)-vive sólo para él.

O eso se cree él.

Triste forma de paliar su soledad y su falta de afectos. El autoengaño:  creerse el centro del mundo para alguien moldeado a imagen y semejanza propias. El egoísmo de recibir y no dar. El desasosiego de sentir electrizarse la piel con la caricia de la voz eléctrica y distante.

Enamorarse del Amor. Jugar con fuego.