Pieza de culto

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(Pieza de culto, collage. ©Begoña Cerro Prada, 2016)

«Una lozana presencia avanza hacia sus raíces y obtiene el día
Como un corazón que ocupa ya su puesto
Como una mujer que siente ya su juventud
Y regala abriendo los mundos de sus ojos un placer inagotable

Rubia mañana, del sol recompensa y del Amor.»

(Odysseas Elytis, de «Las clepsidras de lo desconocido», en Orientaciones)

Un post de propina

P1080196(©de la fotografía: Begoña Cerro Prada, «Cápsula de latidos en suspensión», 2013)

«Me hago reír, porque mis distintos son público»

(Carlos Marzal, «La arquitectura del aire») 

Estaba yo puliendo y dando esplendor – antes de lanzarlo «a las ondas» – a «Su manera de estar solo«, el post que publiqué a primera hora de la tarde de ayer en este mi espacio de expansión, cuando saltó en la pantalla una notificación de mi cuenta de correo. «Tienes un email» (como decía aquella película de hace años). Me avisaba de la llegada de un mensaje, remitido por la plataforma que alberga este blog, cuyo asunto era «Su blog en 2014«.

Un jarro de agua fría en el momento más inoportuno.

Porque, en pleno regocijo por mi perspectiva inminente de volver a publicar tras largos meses de bloqueo (una de esas «épocas de sequía», que Carlos Marzal, con la sabiduría del hacedor de aforismos, considera siempre «depurativas»), me encontraba, de repente y sin quererlo, en el tiempo de descuento, expulsada del partido.

«Hemos estado muy ocupados armando un informe personalizado que detalla cómo tu blog llevó a cabo (sic) en el 2014!». ¡Los pobres…!

No me dejé enternecer por esa confesión de eficacia profesional y seguí a lo mío, sin abrir el enlace al «informe personalizado». Algo parecido a lo que había hecho hace un par de días con aquello de «El año de Begoña en Facebook«, que nunca quise revisar ni compartir, y que se me apareció – literalmente- cuando menos me lo esperaba y sin haberlo pedido. Y esta vez, lo confieso, me apliqué al ninguneo con la malévola intención de descolocar (cosa que me encanta). Pues debo reconocer, en efecto, que lo que peor me sentó del mensaje no fue esa fingida candidez con que se personaba en mi bandeja de entrada, sino lo que  su aparición implica: que le han hecho la eutanasia a 2014 con perversa fruición, dando cerrojazo anticipado – y robándole sus mejores horitas crepusculares- al pobre año envejecido, no vaya a ser que el año nuevo les pille en el despacho «muy ocupados armando informes personalizados». Parecen funcionarios (con perdón).

Así que, mi reciente vuelta al espacio virtual resulta ya extemporánea, fuera de toda estadística y de todo pronóstico, y se sumerge en una especie de agujero negro (tan de moda ahora) del que no sé cómo saldrá, si es que sale.

Mientras tanto, y en esas horas ya para siempre perdidas a los efectos del famoso informe, he revitalizado mi actividad bloguera, he ido a clase de Pilates y a clase de música, he hecho la compra de la semana y el postre para la cena de esta noche, y he deshecho – móvil en mano- un espinoso entuerto profesional (¡y eso que estoy de vacaciones!).

Y también, por supuesto, he leído el «informe personalizado», que comienza así: «Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.100 veces (sic) en 2014. Si el blog fue (otro sic) un teleférico, se necesitarían alrededor de 18 viajes para llevar tantas personas

Al margen del macarrónico castellano en que se expresa, y al margen también de las pingües cifras de balance (mea culpa, supongo) con que se abre el informe, resulta encantadora esa metáfora inicial del teleférico, pensada sin duda para que no decaiga mi ánimo y pueda visualizar con una imagen compacta, en modo-rebaño, a los visitantes del blog, para que así parezcan más. Teniendo en cuenta que probablemente esos «mil cien hijos de San Luis» (¿lo pillas?) son muchos menos, y que bastantes de ellos son commuters o frequent flyers que viajan con frecuencia en este teleférico, la cosa ya se ve de otro color (¡es que la fidelidad a la marca también cotiza!). Otro tema apasionante es el de la información complementaria sobre los viajeros, que el informe desgrana con orden y precisión. A destacar ese item que dice «¿De dónde vinieron»?, y que me indica, sobre un mapamundi, que algunos de los avistadores vinieron de ultramar, de las repúblicas americanas, lo cual tiene enorme mérito si lo hicieron a bordo del teleférico.

En fin, que llegados a este punto, tiré de mi fondo de armario fotográfico y encontré la maravillosa fotografía que encabeza este post, y que yo tenía – para mis adentros – calificada, a su vez, de metáfora insospechada de una bola de Navidad de nuevo cuño colgando del árbol. Ya sé que no es un teleférico de San Francisco, pero este otro es muy gallardo y tiene más donaire.

A ver si en 2015, en las horas que me roben, puedo poner una foto de un vagón de cercanías, en el que cabe más gente.

Gracias por viajar conmigo.

Su manera de estar solo

Abuelo_recortada_bn(Fotografía del archivo familiar. Mi padre, en Puerto Chico, Santander. Verano de 1986)

«Libertad en la acuarela.
Expresión del sentimiento ante lo que se quiere pintar.
Estudio de las sombras para potenciar la luz del momento.
Simplificación del detalle para potenciar la esencia.»

(Del cartel de un curso organizado por la Asociación de Acuarelistas de Andalucía)

 

No lleva cuenta de las horas que pasa cada día inclinado sobre el atril, pintando. Son sus horas preferidas, y sin las cuales ya no sabe irse a dormir por las noches. Siempre encuentra algún motivo que pintar. Ese paisaje de la sierra de Madrid, fotografiado una y otra vez desde hace años. Las calles y rincones de Las Herencias, el pueblo de sus padres. La ribera del Tajo, a su paso por tierras talaveranas. Un atardecer austral publicado en una revista de viajes. O un sencillo castaño que se propone como ejercicio en un cuaderno de autoaprendizaje de técnicas de pintura. «¿Has visto, qué maravilla de paisaje he encontrado en la web? Ese pueblo, las luces y sombras en los tejados… Los colores del campo en primer plano… y ese cielo de tormenta, lleno de nubes, ¿has visto?… ¡Lo voy a pintar!».

Tras la intención, viene la dedicación casi religiosa, la consagración del tiempo de su vida de ahora a este nuevo oficio por el que siente devoción. Como un artesano, se aplica primero al dibujo, meticuloso y preciso; después, a la pincelada cuidadosa y prudente. Hasta conseguir que el papel en blanco revele, poco a poco, ese paisaje que se parece al de la foto, sí, pero que tiene también mucho de su imaginario personal.

A veces pienso que siempre pinta el mismo cuadro.

Su actividad es, yo diría, pura búsqueda. Ningún boceto le satisface. Trata permanentemente de encontrar la piedra filosofal de la acuarela, ese estilo al que quiere tender y al que nunca llega. «Libertad en la acuarela», como dice esa especie de manifiesto del perfecto acuarelista que ha colgado en la pared de su estudio. «¿Has visto esta pintura que acabo de terminar? No ha quedado mal, ¿verdad? Es un boceto, un ejercicio; pero lo que quiero es lograr ese estilo… ya sabes, el del profesor del que te hablé, en el que apenas hay dibujo, y con cuatro pinceladas consigue esos efectos…» Y sigue, incansablemente, buscando ese estilo en su siguiente boceto.

De vez en cuando escucha la radio mientras pinta; en ocasiones, con unos auriculares enormes que le instalan en un extraño limbo de realidad y de ficción al mismo tiempo. «¡Trincones, corruptos, sinvergüenzas…!, se le oye desahogarse por lo bajinis, ajeno por completo al timbre del teléfono que suena de repente. Las noticias, las tertulias, los personajes de la actualidad… pequeños venenos que la pintura, por fortuna, desactiva.

Por las tardes, en las horas que anteceden a la noche, se presentan los fantasmas. No sé si los convoca o si se presentan solos, pero hay que reconocer que algo de compañía le hacen. La vida vivida desfila por su memoria, y ellos acuden para dar cuerpo a los recuerdos, o para conminar con insistencia a atar los cabos pendientes. Le vienen a la cabeza imágenes y episodios de su infancia que le dejaron huella, y siente necesidad de compartirlos. «Tengo muchos recuerdos, y los veo con mucha viveza… los voy a grabar. ¿te parece?»; y ahí andamos, entre una minigrabadora -cuyas minicintas vírgenes no aparecen por ningún rincón de la casa y que, por tanto, no se ha podido usar-  y la posibilidad, eternamente en proyecto, de hacerse con una aplicación de grabación digital de voz. Mientras tanto, y con tenacidad algo obsesiva, da vueltas y más vueltas a cómo resolver aquella herencia de los tíos, tan complicada, que le tiene atormentado porque ya sólo queda él, de tantos herederos como eran, para recomponer lo que desde hace décadas nadie se preocupó por documentar. «Yo quisiera arreglar eso, me voy a poner a reunir papeles, a hablar con todos los hijos de mis primos, y, no sé, con el notario del pueblo, o ya veré, porque eran las tierras de mi familia, y es una pena… Si lo arreglo, podría buscar alguna familia que quisiera trabajar las tierras y quedarse con las cosechas, por ejemplo… Lo voy a hacer.»

Pero entonces llega la noche, y es momento de contemplar el cielo. «De verdad, es una maravilla, ver las estrellas… Y esta noche seguro que se ven muy bien, no hay luna ni nubes, va a ser una delicia…».  Con sus prismáticos en ristre sale al balcón y busca las Pléyades por encima de las antenas de la casa de enfrente, y se encuentra también con Venus, que brilla tanto… Y disfruta de esa inmensidad plagada de partículas de luz, que le lleva tan lejos…

Y, como el niño que era cuando jugaba en el descampado que había frente a su casa, en su infancia de posguerra, y le decía a su amigo «Pablito, ¡qué  bonita es la Tierra!«, ya puede dormir tranquilo para seguir buscando la libertad en la acuarela. El cielo es grande y la tierra ancha.

A mi padre, que acaba de cumplir ochenta espléndidos años.

La hora del fútbol y la Fortuna con seso.

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(©Begoña Cerro, «En el reino de Apolo. Jardín de la Isla, Aranjuez», 2014)

«¿Ventanicas para ver toros y cañas, mi vida? ¿Qué más toros y cañas que vernos a ti pedir y a mí negar? ¿Qué piensas que se saca de una fiesta destas? Cansancio y modorra y falta de dinero al que paga los balcones. Dala al diablo, que es fiesta de gentiles, y todo es ver morir hombres que son como bestias, y bestias que son como maridos. Yo, por mí, bien te alquilara dos altos, mas mi dinero es el diablo. Quítate de ruidos y haz cuenta que los has visto, y verás qué tarde que nos papamos, tú sin ventana y yo con dineros.»

(Francisco de Quevedo, «Cartas del caballero de la Tenaza»)

La hora del fútbol y la Fortuna con seso. (O cómo tratar de escapar del fútbol sin conseguirlo).

En sabiendo que colchoneros y merengues -palabras de los tiempos de la pesetas- se disputaban sin piedad, en tierra lusitana, una copa orejuda, determiné, con inusitado propósito, huir del frenesí futbolero que se avecinaba, poniendo distancia entre la ciudad desquiciada y yo misma. Dispuesta a buscar asilo temporal en el reino de Apolo, me conjuré con mis cómplices habituales para desertar por una tarde de la comodidad del sillón, para hacer pacto de silencio sobre la competición deportiva y para ser, así, prófugos de la histeria colectiva, emprendiendo singular aventura para escuchar las armonías de Boccherini en la ciudad regia de Aranjuez, sosegada villa a orillas del Tajo, rica en jardines y en atardeceres áureos.

Quinteto en fuga.

Dímonos cita en un andén de la estación ferroviaria, en la tranquila y silenciosa hora de la siesta, y nos saludamos jubilosos, cumplimentando parabienes, besamanos y galantes requiebros acordes a la ocasión que nos convocaba. Aposentámonos en los asientos del tren, en fila de a cinco. En animada cháchara sobre los comicios europeos del día siguiente y sobre otros asuntos de capital importancia, como la espalda de María de Hungría o la manicura de la Preysler, transcurrió la hora escasa que duró el trayecto. La estación de Aranjuez hallábase presa de la efervescencia de hinchas madridistas que, en el arrebatado frenesí de las vulgaridades rústicas que acompañan a estas juergas, asaltaron el tren en tropel, apenas hubimos descendido, deseosos de ir a la capital a participar del histórico happening.

Sones dieciochescos en Palacio.

Un paseíllo a trote ligero hacia Palacio, por senda polvorienta y llena de matojos, y con nuestra querida Atalanta triscando sobre sus tacones, nos condujo al fin a la soberbia vista de la explanada – desierta como jamás lo estuvo – donde Aranjuez hace gala de su esplendor. En la capilla de Palacio se esperaba con expectación el concierto que había de iniciarse en pocos minutos, a hora intempestiva y desacostumbrada, por fuer de la tiranía de la guerra por las audiencias.

Ya sólo cabían los cinco alfileres que llegamos a tiempo para ocupar el último banco. Concierto de muchos, consuelo de frikis. Al compás de la música dieciochesca, y mientras la vista se perdía entre molduras, cornucopias, lámparas de bronce e imágenes de devoción, y los oídos se regocijaban con las melodías cortesanas, uno de nosotros filosofaba por lo bajinis sobre el trabajo anónimo de tanto artesano que decoró la capilla y sobre lo injusta que es, por eso, la vida. Aferrada a mi partitura del Gloria de Vivaldi – mi «animal de compañía» de la jornada; pues, al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo va a tener uno cinco minutos libres que aprovechar-, me complacía en la música y en la ocasión, como irredenta y militante antigregaria de pro.

Los figurantes del Jardín de la Isla.

La tarde aún derrochaba luz y frescor, y bajo la sombra y la fragancia de los tilos del Jardín de la Isla, por una vez libre de gentes ociosas y de turistas curiosos, nos admirábamos de los inevitables cortejos de bodas y comuniones, producto por excelencia de las tardecitas de mayo. Novias, madrinas, madres de las novias, empalagando con inverosímiles atuendos de gasas y tules, con piernas regordetas asomando por aberturas incongruentes, o con vergonzantes alpargatas sofocando, bajo las galas, la tortura causada por los «manolos»; niñas-princesas de boquitas pintadas y rizos de mírame y no me toques; novios con caras de corderito agnusdei.  Dos rotundas figuras en yihab y chilaba completaban, en contrapunto, el colorido catálogo de criaturas del bosque. A toque de silbato surgió de entre los setos el guarda del jardín, presto a pastorear a los paseantes hacia la salida con enérgica autoridad: señal inequívoca del inminente comienzo de la retransmisión del partido.

El fantasma del fútbol en la vereda del río.

Únicos clientes en la enorme terraza de un conocido local de la villa, junto a la orilla del río, conversábamos con ardor sobre la conveniencia o no de encargar la variedad vegetal «rosa Argenta», cuando un clamor televisado nos recordó lo inevitable. Primer gol del partido. Gol del Atleti. «Eso es porque acabo de pasar yo por delante del televisor», sentenció muy serio nuestro particular Petronio, obsequiándonos a continuación con una larga perorata sobre sus poderes extrasensoriales ya manifestados desde su más tierna infancia, cuando su sola presencia frente a la pantalla producía instantáneamente el milagro de un gol en el campo de juego.

Muy confortados por la explicación, y en el colmo del despiste, nos aplicábamos a comer las fresas con nata que, en cantidades industriales, nos había servido el camarero para hacer su agosto. Mientras tanto, y a nuestra misma altura en las aguas del río, un bateau-mouche con cinco bailonas y un maromo navegante destrozaba la paz de la tarde con ritmos discotequeros y atronadores, aprovechando – con la mayor alevosía – la deserción de las autoridades, sin duda ocupadas en no perder ripio de lo que sucedía en Lisboa.  ¡Ay, si Boccherini hubiera levantado la cabeza…!

El tiempo de descuento. El regreso.

La luz crepuscular de la tarde se apagaba poco a poco mientras corríamos a la estación para coger un tren de vuelta a Madrid. Asumiendo que el partido habría terminado cuando llegáramos a destino, maldecíamos nuestra suerte pensando en que irremediablemente, y pese a todos nuestros afanes y desvelos, habríamos de vernos inmersos en los atascos, griteríos y movimientos de masas que habíamos querido evitar. Repantingados en el vagón completamente vacío, y aun creyéndonos ajenos al estado mental general, no resistimos, sin embargo, la tentación de consultar el oráculo de la realidad inmediata en nuestros móviles. Quedaban cinco minutos de partido y el resultado seguía siendo de ventaja para el Atleti, gracias a su gol. «Cinco minutos pueden ser decisivos», comentó, clarividente, nuestro querido Orfeo. Lo fueron. Decisivos, en efecto. Gol del Real Madrid. Enorme regocijo por nuestra parte: habría prórroga. Tiempo adicional para llegar sanos y salvos a casa.

A las once de la noche, la estación de Atocha era siniestro escenario del vacío y la penumbra en la que reinaban, amenazantes en su multitud, las tortugas del invernadero, peligrosamente multiplicadas en los últimos tiempos. El quinteto de Aranjuez, patos apresurados en direcciones divergentes, nos dispersamos rápidamente en diáspora, no sin antes congratularnos de habernos «papado», sin localidad en estadio ni sillón ante la pantalla, una tarde de música y risas, y de haber salido indemnes – o eso creíamos- al tormento del monotema del día. Inocentes y cándidos, no contábamos con que, aun sin quererlo, sabríamos en el camino a casa y por el griterío que emanaba de balcones y locales, del resto de los goles que sentenciaron, en palabras de los ínclitos comentaristas deportivos, el partido del año.

Cansancio y modorra, cansancio y modorra, cansancio y modorra…

(Si la Fortuna hubiera convocado su Hora, dando a cada uno lo que se merece, los veintidós futbolistas se habrían jugado la copa a pares y nones en diez minutos y el resultado del partido se habría comunicado en el titular de las noticias al término de las demás secciones, los hinchas que iban hacia Madrid habrían visitado el Museo del Prado y el Jardín Botánico, el concierto habría sido con velas y a la hora en que la noche tiende su manto, los figurantes vestidos de gala serían personajes de un satírico retablo de las maravillas en el Jardín de la Isla, y las bailonas del bateau-mouche se habrían convertido en ocas patosas que compondrían el séquito del pavo-maromo, no precisamente real.)

A Leticia, Mercedes, Pablo y Augusto, en recuerdo de aquella memorable e imposible tarde del «domingo 22 de mayo» de 2014 – a decir de una excelsa prócer- en la que nos parecía estar viviendo una obra del teatro del absurdo.

A Grecia, que con firmeza pisa en el mar (I). Atenas.

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 (©Begoña Cerro, «Metáfora«, 2014)

«Todo se eclipsa menos vuestra gloria;
el bronce muere y se deshace el mármol (…)»

(Lord Byron, «Himno a Grecia«)

«De la justicia sol inteligible * y tú mirto que la gloria deparas
no, os suplico que no * olvidéis a mi tierra.»

(Odysseas Elytis, «Dignum est»)

 

Un día cualquiera de febrero. Impresiones.

Atenas amanece temprano, entre sonidos de claxon y bajo esa atmósfera gris blancuzca – pertinaz espuma de los tiempos modernos – que corteja a la ciudad y le presta un halo irreal de luz alba y cegadora. El tráfico y el bullicio se apoderan de las calles principales. Un grupo de escolares entrena en la pista del estadio Panatenaico y pone una nota de color y de juventud entre los mármoles severos de sus gradas. La plaza de Monastiraki hierve de gentes ociosas que se sientan al sol en las tabernas y hablan entre sí en voz muy alta; discuten, gesticulan, se toman tiempo para conversar, mientras otros muchos hacen corro en torno a un orador callejero, o regatean en las tiendas de las calles que van a dar a la plaza. Hay mucho ruido. El mercadillo de la calle Adrianou ya está instalado, desde primera hora, casi en la falda de la Acrópolis; sus puestos exhiben esas decrépitas «viejerías» que sobreviven a sus dueños como si de tesoros se tratase; apenas es posible encontrar algo que no sea una inutilidad, pero son restos de otras vidas que buscan una segunda oportunidad en manos nuevas. En el moderno centro de congresos, la apertura de una conferencia internacional se convierte en un campo de batalla entre algunos asistentes griegos y el ministro griego del ramo, ante los ojos atónitos de los delegados extranjeros, que apenas entienden una palabra pero perciben la tensión del momento y tratan de cazar al vuelo las octavillas escritas en inglés que les dan la clave de lo que está sucediendo. A esa misma hora, y en la avenida en la que se encuentra el Museo Nacional de Arqueología, hay una manifestación que ha obligado a desviar el tráfico, provocando un caos circulatorio importante.

Las mesas de las tabernas del barrio de Plaka y de los cafés de la calle Adrianou invitan a disfrutar del sol y de la cálida temperatura de las primeras horas de la tarde. Enseguida se llenan de gentes  que comparten la alegría de vivir. A estas alturas del año, todavía hay pocos turistas y el ambiente es auténticamente ateniense. Los encargados de los locales atienden a sus clientes con calma y con franca simpatía. Hay algo muy mediterráneo en todo ello. Como en las tiendas de Plaka, tiendas de brazos abiertos a la calle. Como en los quioscos amarillos que hay por toda la ciudad, en los que se puede comprar casi de todo, y ante los que siempre hay personas que discuten de política frente a los titulares de la prensa del día.

La caída de la tarde es privilegio de las colinas, que la ofrecen como un don a quien la sepa apreciar.  Frente a los Propíleos de la Acrópolis hay un parque silvestre lleno de jóvenes que pasan el rato con la ciudad a sus pies. Muy cerca se puede tomar un sendero que lleva a la colina de Filopapo, llamada Monte de las Musas en la antigüedad; es una colina muy frondosa, y aunque la leyenda dice que sus entrañas fueron prisión de Sócrates, la verdadera leyenda viva es el esplendor que regala a quien llega a su punto más alto: hacia un lado, la mirada se pierde por los barrios de Atenas y de Pireo hasta el tranquilo espejo del mar Egeo; hacia el lado contrario, la más bella vista de la Acrópolis es capaz de suspender el tiempo y la respiración.

En la plaza Sintagma, ya casi al anochecer, una pareja de jóvenes enamorados se hace fotografías ante la fuente que cambia de colores. A pocos pasos de allí, un grupo de feministas corea consignas con un megáfono ante la indiferencia de los transeúntes y de los agentes de Policía que no las pierden de vista. Algo más lejos, ante la embajada de los Estados Unidos, otro grupo de manifestantes grita sus exigencias bajo la vigilancia atenta de un puñado de policías. La noche ha sorprendido a la Big Band que lleva tocando animosamente desde hace horas en la plaza de la pequeña iglesia bizantina. En el moderno auditorio, comienza un concierto prometedor: un joven director de orquesta griego dirige a un conjunto vocal e instrumental ruso, con un repertorio de Haendel y Purcell.

Desde la terraza de mi hotel en Plaka, la Acrópolis iluminada parece una vela encendida en vigilia por su ciudad. Durante toda la noche. Hasta el amanecer.

Así sea, por los siglos de los siglos. Larga vida a Atenas.

«Hablé del amor de la salud de la rosa del rayo de sol
Que solo va directo al corazón
De Grecia que con firmeza pisa en el mar
De Grecia que me lleva siempre de viaje
A montañas desnudas gloriosas de nieve.»

(Odysseas Elytis, «El sol primero»)

 

(Mikis Theodorakis, «O Kaimos«)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Doña Emilia, on the road.

En el camino

(©Begoña Cerro, «En el camino», 2014)

«(…) Nunca el tiempo ha viajado a esta tierra perdida,
la aulaga y el brezo florecen a destiempo.
Las rocas sobresalen, los arroyos corren cantando,
sin cuidar de si la estación se anticipa o retrasa,
los cielos vagan en lo alto, ora azules, ora de pizarra;
se conocería al invierno por su cortante nieve
si junio no tomara también su armadura. (…)»

(Robert Graves, «Acres rocosos»)

El camino, estrecho y serpenteante, había discurrido durante un par de kilómetros junto a la orilla del río, pero en determinado punto se separó de ella y dejó de seguir el curso de las aguas para desembocar, finalmente y al cabo de muchos vericuetos, en otro camino más ancho. Atrás quedaba el paraje fresco y frondoso, y el paisaje se abría ahora, de repente, a una llanura circundada por imponentes mesetas de roca bajo un deslumbrante sol de finales de invierno.

Tomamos el sendero hacia la izquierda, aun sin tener seguridad de que ésa fuera la decisión correcta para llegar a nuestro destino: un pueblo encantador que debe su fama a su puente romano de un solo ojo, monumental Polifemo que da a la villa su estampa más singular. El camino, recto y despojado, parecía llevar precisamente, si se tomaba hacia la izquierda, a un pequeño pueblo. No había nadie en los alrededores. La quietud del lugar casi sobrecogía. Como el propio paisaje, desprovisto de signos de actividad humana excepto por una antigua vía de tren, abandonada, que iba paralela al camino.

De pronto, a cierta distancia aún, distinguimos en el camino una figurita menuda y pizpireta que venía en nuestra dirección. Una mujer mayor, con andares ágiles, que no tardó en estar frente a nosotros. La saludamos con mucha amabilidad; ella nos respondió en un tono muy jovial y comenzó a hablar sin tregua, decidida a pasar un buen rato de animada conversación allí mismo, en medio de la nada.

Doña Emilia nos contó que tiene 93 años y es la hermana del cura. Del cura de su pueblo, se entiende. Aunque, en realidad, su hermano es el cura de varios pueblos de la comarca, todos ellos diminutos y casi despoblados, pero todos con su respectiva iglesia construída en época muy pretérita. Doña Emilia aparentaba menos edad. Por la viveza de sus ojos, por la gracia con la que hablaba, por el buen ritmo de su caminar, y sobre todo por las ganas enormes de entablar conversación y de conocer a quien le saliera al paso. Vestía un abrigo de paño tostado, algo prieto y bastante largo, bajo el que se veía un forro polar, casi deportivo, de color malva. Llevaba un bastón que le servía como extensión expresiva del brazo antes que como apoyo para andar. Su cabello, fuerte y encrespado, reclamaba un repaso del tinte castaño que lo cubría. Su rostro, muy risueño, y surcado por las muchas arrugas que los años de vida y los inviernos duros procuran, se animaba más y más mientras nos contaba que una vez, cuando era muy jovencita, había saludado al obispo. Nos contó dos veces seguidas el relato de su momento de gloria, y la anécdota de su vida parecía suceder de nuevo para ella. Porque se sentía escuchada con atención. Yo trataba de imaginar al obispo de sonrisa eclesiástica y su más que probable desconcierto ante aquella mujer parlanchina que ahora recreaba la escena con los aderezos que el tiempo y el olvido cuelgan de nuestros recuerdos.

Nos dijo que la cuidan sus vecinas, que también le preparan la comida y le arreglan la casa, aunque ella misma sigue haciendo la compra cuando alguien la lleva al pueblo de al lado, que tiene una tienda. Y nos hizo saber, entre risas, que hace alfombras y que, si la acompañábamos a su casa en ese mismo momento, nos enseñaría a hacer alfombras en diez minutos. Insistió mucho en esto último. En la ventaja de aprender a hacer nudos de alfombra en tan poco tiempo y bajo su guía. Y en la oferta de su hospitalidad.

Doña Emilia pasea todos los días por ese camino, que sale de su pueblo y llega hasta el otro pueblo cercano, el del puente romano. Probablemente, no siempre se cruza con alguien mientras pasea. O, quizá, suele coincidir con las mismas personas, con sus pocos y archiconocidos vecinos a los que, con seguridad, ya habrá contado sus sucedidos más de una vez, y más de dos.

Nos preguntó de dónde éramos. «De Madrid», le respondimos. «¡Ay, qué guapos!», nos dijo, mientras apretaba nuestras manos con la mayor naturalidad y con cierta sensación de orgullo.

Le contamos que queríamos visitar el pueblo del puente romano de un solo ojo. «¡Pues venga, vamos!», comentó entusiasmada, mientras se cogía de nuestros brazos y se ponía en marcha con su mejor disposición.

Cruzamos entre nosotros una mirada cómplice. «Mire, es que llevamos cierta prisa, y como el pueblo todavía está lejos…» le dijimos. Nos despedimos de ella con un par de besos. No pude evitar volverme, al cabo de unos pasos; lo hago casi siempre, apenas sin darme cuenta, como si me gustara despedirme dos veces. Allí seguía Doña Emilia, en el camino, agitando su bastón y diciéndonos adiós.

Pienso que nuestra prisa debió de parecerle algo insólito. ¿Prisa? ¿Allí donde los siglos han moldeado con dureza el relieve, donde el invierno es largo y frío, y donde todavía se espera a que alguna vez pase ese tren que sólo lleva de ningún sitio a ninguna parte?

Allí, donde la hermana del cura sigue siendo la misma muchacha que, hace más de setenta años, saludó un día a un obispo y que, al cabo de toda una vida, debe de haber hecho muchísimas – quién sabe cuántas- alfombras de nudo.

Una novia de bolsillo. (A propósito de la película «Her»)

Una novia de bolsillo(©Begoña Cerro, «Samantha, o la novia de bolsillo», Collage, 2014)

J.: «Te quiero.»
Siri: «No puedes.»
J.: «Te amo.»
Siri: «Qué amable, mi dios, pero no puede ser.»
J.: «¿Quieres casarte conmigo?»
Siri: «Últimamente mucha gente se me declara.»

(Inteligente diálogo de besugos, o «Calabazas virtuales». Cortesía de J.)

 

La fábula del hombre solo y vuelto hacia sí mismo, enfermo de soledad acumulada, que re-crea una novia de bolsillo y recobra el entusiasmo por la vida. Ella – su asistente personal virtual, versión futurista e incorpórea de la secretaria-enfermera-amante-amiga de las películas de toda la vida (y de la vida de toda la vida)-vive sólo para él.

O eso se cree él.

Triste forma de paliar su soledad y su falta de afectos. El autoengaño:  creerse el centro del mundo para alguien moldeado a imagen y semejanza propias. El egoísmo de recibir y no dar. El desasosiego de sentir electrizarse la piel con la caricia de la voz eléctrica y distante.

Enamorarse del Amor. Jugar con fuego.

 

 

Lost in mutation. (A propósito de «Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación» de A. Baricco).

Mutando bajo la lluvia.(©Begoña Cerro, «Escamas a medida, o las branquias de Google», collage, 2014)

(De la prensa de hoy, día 15 de febrero de 2013:

El régimen sirio de El Asad recrudece su ofensiva contra los rebeldes, principalmente milicias islamistas, en la ciudadela de Alepo, intensamente castigada desde julio de 2012. El nuevo bombardeo se ceba, sobre todo, en mujeres y niños. (El País)

El juez instructor del accidente del tren Alvia en Santiago de Compostela, ocurrido en julio de 2013, señala en su auto que la decisión de cambiar el diseño original de las vías, adoptada por los miembros del Consejo de Administración de Adif justo antes de la apertura de la línea de alta velocidad Ourense-Santiago en 2010, estuvo motivada por razones comerciales, para ahorrar unos minutos en el viaje, y fue «un regateo en seguridad». (El País)

La gala de entrega de la primera edición de los Reconocimientos al Arte Contemporáneo (RAC)  que otorga la asociación IAC, celebrada en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía con pretensiones de emular a la gala de los premios Goya del cine, se ha convertido en el mayor bochorno vinculado al arte contemporáneo español. El discurso del arte fue desplazado por un guión deplorable en boca de unos presentadores-vedettes. La vergüenza ajena fue «in crescendo» hasta terminar en un pateo en el patio de butacas y gritos de «¡Fuera!».  (El Confidencial digital)

Llueve. Tarde de sábado en casa, en este febrerillo loco y oscuro, revuelto y tristón. Después de un rato de lectura, y con el mismo afán devorador que he estado aplicando al libro desde que lo abrí, llego a la última página de «Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación»,  de Alessandro Baricco. Lo cierro; pero, inevitablemente, el libro me demanda que vuelva sobre mis pasos y saboree de nuevo los párrafos que he subrayado con lápiz o marcado con obstinados asteriscos en sus márgenes. Me pide, también, que recapitule mis reflexiones de estos días de lectura, y que me mire a mí misma con ojos nuevos. Que reconozca, por fin, a la bárbara mutante que hay en mí, y a la que intuía- más que ver- a través del espejo. Que me reconcilie con ella. Y que comprenda su buena intención y sus razones. A fin de cuentas, mutar es vivir. Y vivir es mutar. (¡Aunque todavía haya quien sostiene lo contrario!).

La mutación que nos lleva: ése es el tema. El saqueo de nuestra autosatisfecha civilización por unos desaprensivos bárbaros que practican una guerra de guerrillas y que ya han conquistado muchas de las aldeas periféricas de nuestro mundo conocido. La pérdida del alma por el surfeador que, respirando con las branquias de Google y en vertiginosa carrera, se desliza sobre las crestas de las olas en un movimiento perpetuo, sin detenerse en ningún punto, porque lo que le interesa es la secuencia y su recorrido. La paradoja de que el bárbaro no está necesariamente equivocado pues, a fin de cuentas, también él busca un sentido a las cosas, un sistema para encontrar oxígeno, un tipo de esfuerzo que le resulte placentero. Y todo ello es muy legítimo. La invención del hombre horizontal, de un homo novo.

Me decido, entonces, a ordenar mis ideas; bastantes, por cierto, pues el libro tiene la virtud -como toda buena propuesta-  de inspirar y de proyectar el pensamiento mucho más allá de sus páginas. Como soy – y me consta-  de esas rarae avis disciplinadas que leen desde la primera a la última página, descubro al final del libro que la edición se completa con la selección de algunas noticias que aparecieron en prensa al tiempo que se iba publicando por entregas (en columnas semanales en La Repubblica, durante varios meses de 2006) el trabajo de Baricco, que se desarrollaba precisamente al ritmo de esas entregas y que no concluyó hasta que el autor cerró el círculo de sus tesis caminando – y ésto es literal- por la línea serpenteante de la Gran Muralla China.

Ese descubrimiento me da pie a hacer lo mismo con mi entrada de hoy, y me aplico enseguida a buscar en la prensa algunos referentes del día, a ver qué encuentro. Selecciono tres y los sitúo en el encabezamiento de este post; no sin pensar, según lo hago, que la prensa de hoy dedica muchas más líneas al asunto de los premios al arte contemporáneo que a los otros dos (gravísimos) temas. Ahí está: la diferencia.  «(…) la técnica de base del periodismo consiste hoy en día en una secuencia de pasos laterales que interceptan el sentido del mundo, constatando todos los desvíos laterales.»  Ya no se nos explica el mundo, ni se nos ofrece su fotografía global. Lo que nos comunica la prensa, a diario, son esos retazos de diferencia, las singularidades que hoy son algo y que mañana, con toda probabilidad, habrán caído en el olvido y nos parecerán rancias frente a las nuevas singularidades que nos trae el nuevo día. Eso es lo que se nos da. Pero, ¿es que no es eso, acaso, lo que precisamente buscamos -siempre ávidos de novedades- en las páginas de los diarios?

De las varias aldeas saqueadas por los bárbaros, debo confesar que el vino y el fútbol , las primeras cuyos restos desolados nos muestra Baricco, no me han causado gran impresión. No son territorios que frecuente mucho. Pero la contemplación de la aldea de los libros, arrasada por la horda irredenta, sí me ha dejado profundamente conmovida. Hace pocos días, qué casualidad, encontré en Internet una viñeta gráfica en la que un hombre entra en una librería y pregunta al vendedor: «Por favor, ¿tienen algún libro escrito por un escritor?». El hallazgo no pudo ser más oportuno. Los bárbaros en la aldea de los libros. La han llenado de «libros que no son libros». Para ellos, «el valor del libro reside en ofrecerse como un abono para una experiencia más amplia: como segmento de una secuencia que empezó en otro lugar y que, a lo mejor, terminará en otra parte.» En realidad, al fútbol y al vino, que también son – a su manera- emblemas de nuestra civilización, les ha ocurrido algo parecido. Todos los saqueos son manifestaciones de la misma estrategia: el bárbaro busca el valor en la secuencia, y en la secuencia expresada en una lengua que todos entiendan, en la lengua del mundo.

Todo esto aparece meridianamente claro cuando la óptica del análisis reposa sobre la revolución que Google ha introducido en la noción del saber: superficie en vez de profundidad. «La idea de que entender y saber signifique penetrar a fondo en lo que estudiamos, hasta alcanzar su esencia, es una hermosa idea que está muriendo: la sustituye la instintiva convicción de que la esencia de las cosas no es un punto, sino una trayectoria, de que no está escondida en el fondo, sino dispersa en la superficie, de que no reside en las cosas, sino que se disuelve por fuera de ellas, donde realmente comienzan, es decir, por todas partes.» Esto ya lo entendemos sin necesidad de mediación. Porque, en efecto, el surfing por la red lo practicamos casi todos, y a todos nos ha proporcionado un nuevo modo de adquirir experiencias. Nos ha proporcionado, incluso, una nueva noción de experiencia. Y ello porque, como dice Baricco, nos han salido las branquias de Google. Mutación a modo-pez. Para buscar otros modos de estar vivo. Sólo eso. Y nada menos que eso.

Mientras me adentraba en estos análisis tan sugerentes, recordé que José Luis Sampedro había leído, con ocasión de su ingreso en la Real Academia Española en 1991, Sobre la frontera, un inteligente discurso en el que, a partir de su propia trayectoria vital, reflexiona sobre el significado del ser fronterizo. Anticipa muchas de las ideas que Baricco enfrenta al analizar la mutación en la que estamos inmersos. Sampedro ensalza el vivir fronterizo, cuyo mayor encanto reside en la ambivalencia, en la interpenetración, en la tentación de querer – mientras estamos aqu – lo que no tenemos, lo que está allí; en la apertura y en la propensión al cambio que siempre favorece el avance. Frente a ello, el inmovilismo del centro, guardián tradicional de las esencias, territorio del dogma y del rigor ortodoxo, del negro y del blanco – temeroso de los infinitos matices del gris-, del monolitismo que descalifica y condena como anti-natural cualquier otro modo de vida que no sea el suyo. Entre ambos, entre el territorio fronterizo y el centro, la zona intermedia en la que los dos se mezclan como líquidos de distinto color.

Cuando Baricco recorre la Gran Muralla China para recapitular las conclusiones de su ensayo, la «gran serpiente de piedra y de locura» cobra todo su sentido mientras él avanza por su adarve, durante horas y durante kilómetros, sin cambiar de idea nunca. 

Es entonces cuando comprendemos su naturaleza: la Gran Muralla no es un dispositivo militar, sino una manera de pensar. Es el símbolo del inmovilismo. Es la coraza de una civilización frente a los bárbaros que la asedian; pero una coraza que no la protege de ellos, sino que la define frente a ellos. De un lado de la muralla, la civilización. Del otro lado, los bárbaros.

La disolución de la Gran Muralla, de la frontera, está – no puede ser de otro modo- en las aguas de la mutación. Aguas que corren sin freno, que invitan a nadar en su corriente a quien quiera adentrarse en ellas. Sólo quienes navegan a lomos de esa corriente, quienes han aprendido a nadar entre esas aguas, llegan con éxito al mar. La mutación como necesidad, incluso. Como la única opción frente a la extinción, frente a la eterna traslación sin sentido a lo largo de una órbita excéntrica.

Ante todo esto, y una vez confortado el mutante con la seguridad de que puede llevar en su viaje un cierto equipaje de mano, el que decida salvar, más vale unirse a la corriente y adherirse a las vanguardias. Y – sin que ello suponga ser un «eslabón perdido»- gozar, sin más, de las ventajas de la ambivalencia y de la condición dinámica que permite el intercambio con el exterior y la propia transformación interior. Ser, en suma, un mutante con causa.

(«Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación», de Alessandro Baricco, editado por Anagrama en Barcelona. Todas las citas de esta entrada corresponden al citado libro, en su segunda edición de 2009.

Mientras leía los últimos capítulos del ensayo, estuve escuchando el Requiem Alemán de Brahms, una de mis obras corales favoritas. Incluyo aquí su sexto movimiento, que comienza con este versículo de la Epístola a los Hebreos (13,14): «que no tenemos aquí ciudad permanente, antes buscamos la futura.»

(Johannes Brahms, Requiem Alemán, mov. 6Denn wir haben hie keine bleibende Stadt. Philharmonia Orchestra, dirigida por Otto Klemperer, con Dietrich Fischer-Dieskau como barítono solista. 1961)

El infinito.

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(©Begoña Cerro, «El infinito», collage, 2014)

«Siempre amé esta colina solitaria,
Y esta espesura que me oculta, en parte,
Esa línea final del horizonte.
Mas, mirando a lo lejos, imagino
Más allá de estas frondas,
Espacios insondables, sobrehumanos silencios,
Y una quietud tan honda
Que calma y estremece.
Y al oír, dentro de este silencio infinito,
El susurro del viento entre las plantas,
Pienso en la eternidad y en los tiempos que han muerto,
Y en el presente vivo, que hoy me deja su música.
Y en esta inmensidad se abisma el pensamiento,
Y naufragar en este mar me es dulce.»

(Giacomo Leopardi, «El infinito»)

Infinito. Es palabra eufónica y amable; de composición equilibrada y de melodía discreta, de pronunciación relajada que conduce la energía del aliento desde el impulso fricativo hasta la perfección del círculo vocal. Con apariencia de diminutivo – participio en «ito» y capricho de la etimología – designa, en abierta paradoja, lo inconmensurable e ilimitado, lo absolutamente incondicionado e indeterminado, el más grande valor imaginable, o, más bien, lo inimaginable. Para mayor deleite, la abstracción del infinito se representa con un lazo, con un ocho recostado, símbolo autosuficiente que se contiene a sí mismo por la perfecta fusión del principio y del final de su trazo; hortus clausus de indomable determinación. Otra paradoja.

Infinito. Es convincente explicación al enigma, inquietante respuesta que compensa la frustración ante nuestras limitaciones. Lo infinito nos desborda y nos supera; confirma nuestra insignificancia frente al universo y frente a su imparable expansión. El estupor ante el misterio del infinito nos lleva, en paradoja sutil, a pensar nuestro universo como finito e ilimitado al mismo tiempo. A atisbar, tal vez, infinitos-multiversos-infinitos que nos acompañan y nos desconocen.

Mientras tanto, se nos aparece el infinito, a cada uno, en el destello de los momentos estelares del pensamiento.

Infinito. Está más allá de la espesura, siempre ante nuestros ojos. Está dentro de nosotros mismos.

(Gustav Mahler, Sinfonía num.2 en Do menor, Resurrección, cuarto movimiento «Urlich. Sehr feierlich, aber schlich». Janet Baker, mezzosoprano, junto con la London Symphony Orchestra y el Edinburgh Festival Chorus dirigidos por Leonard Bernstein)

Devanando la memoria. La metrópolis de las colinas perfumadas.

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(©Begoña Cerro, «Hielo, bruma y armonía. Invierno en el Palacio de Verano«, Beijing, 1993)

«El sentido de este reflejo no está claro, una superficie de agua reducida, todas las hojas de los árboles han caído, las ramas son de un color gris negruzco, el árbol más próximo se parece a un sauce, un poco más lejos, los dos árboles más próximos al agua son sin duda unos olmos, enfrente, unos finos tallos de sauce, desgreñados, cuyas ramas despojadas acaban en pequeñas horcaduras, no se sabe si la superficie del agua está helada a causa del tiempo frío, por las mañanas tal vez la recubre una fina capa de hielo, el cielo está anubarrado, como si fuera a llover, pero no llueve, nada perturba la calma, ni un estremecimiento en la punta de las ramas, ni tampoco viento, todo está inmóvil, como si estuviera todo muerto, (…) pintura acabada que no está ya sometida a ningún cambio, la misma voluntad de cambiar ha desaparecido, ni perturbación, ni impulso, ni deseo (…)»

(Gao Xingjian, La Montaña del Alma)

El Palacio de Verano permanecía imperturbable, desde siempre. También aquel día, bajo el pálido sol y el intenso frío de diciembre. El barco de mármol de la emperatriz Cixi flotaba inmóvil sobre las aguas congeladas del lago Kunming, detenido para siempre en el instante justo en que parecía disponerse a navegar entre islas y pabellones de poéticos nombres, bajo el Puente de los Diecisiete Arcos y a orillas de jardines delicadamente perfumados.

Por todo el recinto, los caminos sinuosos enlazaban pequeños paraísos de armonía y de belleza que se hicieron para el disfrute de unos pocos, aunque entonces ya eran patrimonio de muchos y, por ello, objeto de su voraz curiosidad.  Los visitantes -locales, en su mayor parte, en aquella época del año- recorrían el Gran Corredor sin mostrar emoción alguna ante las escenas de hechos históricos que decoraban su techumbre, o subían hacia la Pagoda de Buda Fragante sin la solemnidad que parecería lógico esperar de quien asciende por la Colina de la Longevidad.

Guardando un digno silencio sobre su vida pasada, y testigo del esplendor imperial de otros tiempos, aquella arquitectura de la medida y del ritmo me transmitía una calma fría, sabia, ajena a lo efímero de la modernidad. Construida con una intención de estabilidad y perennidad, parecía querer resistir y desafiar la humillación del presente, la pérdida de su aura sagrada y la invasión popular de sus espacios.

Ese sentido de resistencia y de dignidad de lo que nació para ser eterno, estaba también presente en otros simbolos artísticos de la China milenaria en Beijing. Desde la Gran Muralla, mi vista se perdía entre colinas suaves y redondeadas, siguiendo el curso de la cinta defensiva, interminable, con que China afirmó una vez su poder en el mundo. La Muralla callaba, diciéndolo todo. Como callaban también las estatuas del Sendero de la Paz, en las tumbas Ming, o los palacios replicantes de la Ciudad Imperial, antaño Ciudad Prohibida, ya desnudos de gloria y de riquezas tras la enorme puerta  de acceso al conjunto presidida por un gran retrato de Mao.

Me sentía interpelada por el silencio y el orden de esos símbolos de eternidad de la cultura y la historia de China, frente al bullicio de las calles de Beijing y al galimatías de su muchedumbre, y frente a la pérdida de identidad cultural que se podía apreciar en los atuendos occidentalizantes e impersonales de sus gentes, en la incipiente construcción de rascacielos, en los enrevesados bucles de arterias y circunvalaciones para el tráfico, o en los rótulos luminosos de las cadenas occidentales de fast food que comenzaban a florecer en las zonas más concurridas de la ciudad.

La capital china – «gran árbol viejo en el que viven millones de insectos incapaces de reconocer el tamaño de ese árbol«, en palabras del escritor Lin Yutang (1895-1976)- seguía siendo entonces ese hervidero de insectos ajenos a la antigüedad y a la inmensidad del árbol en el que habitaban. Esencia misma de la contradicción, la ciudad era orden y caos a un tiempo, tradición inmutable y vorágine de lo nuevo que todo lo arrasa. Una gran metrópolis de hutongs en la retaguardia de la gran avenida central, de tráfico endemoniado de automóviles, bicicletas y carromatos inimaginables, de puestos de venta de carne animal y de pescado vivo a la vuelta de cualquier esquina, de colinas perfumadas y de parques en los que se practicaba tai-chi y se bailaba muy despacio, en perfecta coreografía de grupo, al son de la música tradicional.

Fueron días de frío en los huesos y de bebidas calientes, de agua siempre hervida en una ciudad cuya agua corriente no era potable. Aprendí que no es en absoluto cierto eso de que los chinos «son todos iguales«. Fui muy consciente de ser la diferente en un universo de ojos rasgados y me di cuenta de lo que significa que la condición de extranjera despierte comentarios y miradas de extrañeza entre quienes te rodean. También percibí que, probablemente, no me resultaría nada fácil encontrar el propio eje en esa ciudad esquizofrénica de presente y pasado, interesante como ejemplo del reciente devenir de los tiempos en la aceleración de la historia, y agotadora por la ajenidad, tan difícil de superar, del sustrato cultural que la sustenta.

En aquellos días encargué un sello de jade con mi nombre en chino, y lo consideré como el más delicado recuerdo que traía de mi estancia en Beijing. Después, ya aquí, nunca supe muy bien para qué utilizar el dichoso sello que me identificaba con una caligrafía incomprensible. Por mucho que se empeñara el sello, aquel yo no era yo, evidentemente.

 (A mi amiga Mari Tere, que compartió conmigo viaje y trabajo en el Beijing de hace veinte años, durante una semana de diciembre.

En honor a la verdad, debe decirse que sobrevivimos, sin secuelas, a las largas sesiones de trabajo a que nos sometió, en una institución pública china, un nutrido equipo de funcionarios sobradamente preparados. Tales pruebas de resistencia física e intelectual forjaron nuestra amistad casi tanto como las escapadas vespertinas que hacíamos por la ciudad tras quedar liberadas de las obligaciones profesionales. Aún permanece inexplicable para la ciencia cómo pudimos volver todas las noches al hotel sin perdernos en aquella ciudad laberíntica, llena de gente que no hablaba más que un idioma impenetrable y con la que era imposible entenderse, o cómo conseguimos ir a la ópera dos veces y zascandilear por donde quisimos – siempre en una beatífica inopia de por dónde andábamos- sin despertar las sospechas de nuestros anfitriones profesionales, que vivieron felices durante nuestra estancia, convencidos de que, al dejarnos en el hotel por las tardes, se aseguraban de que no vagaríamos a nuestro libre albedrío por esas calles de Dios. A veces pienso que fue clave, sin duda, seguir aquel buen consejo que alguien nos dio antes de salir de Madrid: «¡Cuidado, no os metáis en política!». Ni ganas que teníamos, por cierto…)  

(Claude Debussy, «Pagodes», de su álbum para piano «Estampes». Walter Gieseking al piano, en una grabación de 1956)